Confesión

Hoy a la vuelta a mi piso en Madrid, mientras caminaba por las calles mojadas por la lluvia, me he sentido vacío. La angustia se ha apoderado de mi y no he roto a llorar porque creo que ya no tengo lágrimas cuando son para mi. Mi apreciada soledad a veces es demasiado para mi. Echo en falta a una compañera de vida.

Algo tengo que hacer mal para que en cuarenta y cuatro años no haya conseguido tener una sola pareja que así pueda ser llamada. Y es el miedo a ser mayor, al compromiso, al que dirán lo que me lo impide. Justo aquello que no me afecta para el trabajo me afecta para mi vida personal.

No sé tratar con las mujeres. Y sobre todo me he impuesto multitud de excusas, perjuicios y obsesiones que me sirven de excusa o pretexto para no acercarme a una mujer.

Exigencia lo llamo yo, cuando de lo único de lo que se trata es de una excusa para no aceptar una posibilidad real. Creo que sólo una vez he luchado por una mujer, no pudo ser porque no quiso. Pero quizá haya sido la única mujer por la que he estado dispuesto a vivir otra vida.

Últimamente he encontrado otra excusa para mi miedo atroz a las relaciones, y es ese feminismo mal entendido que campa por todos lados. Tengo miedo al resultado de las relaciones, generalizo y las meto a todas en el mismo saco del posible peligro. Y yo huyo del riesgo porque soy un cobarde que se esconde bajo un manto de supuesta perfección cuando realmente soy una mentira, una inutilidad de ser humano cuyo único mérito es juzgar a las personas con relativo acierto y cuyo mayor defecto es dañar a cualquiera que este a su lado.

Insensible y prepotente, eso es lo que soy aunque mi fachada y mi personaje muestren justo lo contrario.

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Sin razón.

He aquí un mundo en el que no puedo vivir, un mundo donde la única razón es la sinrazón. Donde el argumento es lo abstracto, donde las circunstancias no importan, y donde la verdad es dictadura sin saber siquiera si es verdad.

No sirvo para un mundo donde la razón es la sinrazón. Soy cerebral, soy analítico, soy observador, y sobre todo me guío por la realidad. Una realidad tan efímera que todo puede cambiar en un segundo. La vida me ha enseñado a ser flexible, pero también a ser firme. Soy firmemente flexible.

Y eso en un mundo en el que parece desde hace tiempo que hay que ser fan incondicional de una postura es un gran problema. Para mi nada es blanco o negro de forma eterna. Cualquier cosa puede ser blanco y luego negro, o al revés, o ser simplemente de un tono de gris. Pero para ello hay que conocer la realidad, los detalles, el fondo de las cosas. Las grandes verdades inmutables sólo son para los dioses, y nosotros queremos serlo a toda costa.

No hay cosa que más desee, además de mi muerte, que el no haber tenido la capacidad de analizar la realidad, de ver más allá de la misma. Mi vida sería otra, seguramente igual de mala o peor, pero no cargará con un peso tan grande como el que tengo en mi cabeza.

Demasiadas preocupaciones, demasiada gente de la que preocuparme, todo me afecta, todo va sumando y ese personaje fríoy distante que intenta protegerme de los demás sólo es el escaparate tras el que se esconde un almacén de memorias de la gente que me rodea, donde se guardan las historias de cientos de personas que me cuentan sus problemas o sus historias. Ahí dejan su carga y marchan más ligeros de su pesar, añadiendo vivencias a mi ya rebosante capacidad de analizar.

La clarividencia no es un don, sino un castigo. Es una carga que necesita de ser útil, pero que es molesta para todo el que te rodea. A veces es irritante, a veces es ofensiva, a veces es inoportuna. Pero para mi es necesaria, aunque no hay ocasión que no acabe costandome noches de insomnio como la que hoy me hace escribir estas líneas a las dos de la madrugada.

Sigo deseando que eso se acabe pronto, me atan a este mundo sentimientos que los demás creen que no existen en mi. Es la personalidad de un sociopata obligado a parecer social.