Vejez.


Perdona que te moleste.

Gracias por escucharme.

 

Estas dos frases las he escuchado en un lapsus de tiempo demasiado breve, un par de días, no mas. Y son dos frases que he escuchado de boca de dos personas mayores. Dos ancianos, dos viejos, dos personas que agradecían que les escuchara durante unos minutos, que les prestara un minutos de mi tiempo. Y digo prestar porque lo que ello dan siempre es mas de lo que tu puedes darles con tu tiempo.

Que difícil debe ser en estos tiempos de prisas y velocidad pararse unos minutos a escuchar las historias de nuestros mayores. Historias a veces interesantes, otras intrascendentes, algunas veces inconexas, otras plenas de sentido y lucidez.  Que triste debe ser no tener a nadie que te escuche cuando tienes algo que contar para que uno tenga que escuchar reiteradas veces las frases del principio.

Qué nos ha pasado para que esto nos llegue a pasar. ¿Tan poca importancia damos a nuestros mayores? ¿Tan ignarantes nos hemos vuelto para abandonar el legado que ellos obtuvieron de sus padres? Hay pocas cosas tan placenteras como  una conversación con un mayor, sin prisas, sin tema, sin interrumpir, simplemente escuchando lo que nos quieran contar. Son muchos años los que han estado luchando con esta vida, y son muchas las historias que han vivido, mucha la experiencia que atesoran sus palabras. Son muchos los recuerdos de otros tiempos, de otras gentes, de otras formas de vivir. Son nuestro pasado, aquel del que procedemos, aquel del cual parece que nos queremos desprender por modernos.

Nunca llegaré a entender la actitud de esta impertinente juventud que tenemos alrededor que cuando se encuentran con un viejo y este les empieza a hablar sólo piensan en lo pesado y pelmazo que son. ¿Pero no son conscientes de la oportunidad que están perdiendo de aprender cosas que no serán capaces de aprender jamas por si solos?

Que tiempo mejor aprovechado el que pasas con un anciano, cuanto se puede aprender prestando un poquito de atención, aunque sea sin escuchar sus palabras, sólo con mirarlos, con observarlos, con pensar en todo lo que hay detrás de esa mirada agradecida que rebusca en su interior, en su memoria algo que contarte. Que se esfuerza para que su conversación no te aburra, que se esfuerza en agradarte.

Cual será el delito que han cometido para que les tratemos como apestados cuando se acercan ha hablarte. Creo saber cual es. Han llegado a mayores y parece que nos da envidia que ellos hayan llegado, nos sentimos inferiores por el hecho de no saber si llegaremos, si sabremos vivir la vida como ellos lo hicieron, si seremos capaces de superar una vida de dificultades al igual que ellos lo hicieron. Quiero creer que ese sea el motivo, porque si no es ese tendré otro motivo para desconfiar de esta sociedad, de este mundo, de estas personas que nos rodean que prefieren el ritmo frenético de la vida actual al remanso de paz que supone una charla con un viejo.

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