Los surcos de la tierra.


Tarde de viento, tarde de frío. El aire me corta la cara mientras estoy de pie en medio de una tierra de labor. Mi mirada se pierde en el infinito, mis ojos tras los cristales de las gafas miran ensimismados el paisaje.

La tierra me rodea, y en los campos de labor alternan los colores de la naturaleza.
Los marrones intensos de las tierras recién aradas, todavía húmedas de la lluvias hace poco caídas, surcadas por los hilos grisáceos de paja. Paja húmeda,  que antes estuvo seca, crujiente, cuando el sol del verano la seco para que pudiera ser cortada por el agricultor.
En los colores pardos de las tierras en barbecho todavía se distinguen los surcos de la siembra del otoño de hace dos años, la mirada se pierde siguiendo las lineas que dejo la cosechadora al segar el grano en ese mes julio. La paja todavía erecta sobre el campo, esperando a que el labrador la entierre en la tierra, que la devuelva al lugar del que salió, que la entierre para que alimente al nuevo grano que nacerá el próximo otoño.
El verde, las miles de tonalidades del verde que el cereal presenta en estos albores de la primavera. El verde intenso de los trigos ya crecidos, que se mecen al ritmo del viento frío que sopla en medio de la nada. El tono amarillento de los que todavía no han conseguido que el sol les quite el exceso de humedad de este invierno lluvioso y frío. Los miles de tonos que da el verde del cereal de distinto tipo, de distinta altura, las lineas que se cruzan en los surcos oscureciendo o aclarando los verdes.

A mi lado un agricultor esta arando una tierra. El tractor avanza poderoso por el rastrojo, tras él un arado va rompiendo la tierra. El grisáceo de la paja se convierte en marrón de la tierra recién roturada. Una vuelta tras otra el barbecho va desapareciendo, el suelo liso y compacto se va convirtiendo en un suelo de terrones, de informes montones de tierra, de paja retorcida, enterrada a medias. En unos minutos una vuelta, y luego otra, y otra,… y así en apenas una hora habrá alzado el rastrojo del año anterior.
Ensimismado en estos pensamientos mi imaginación vuela hasta el pasado. Cuanto tiempo sería necesario para arar esta misma tierra. Cuantas horas tendrían que echar esos antepasados míos que con el amanecer del día enganchaban los bueyes y con un simple arado salían a trabajar en el campo. Cuantas gotas de sudor correrían por sus curtidos rostros en las tardes frías como la de hoy.
Cuanto tiempo y cuanta gente se necesitaría para labrar toda la extensión de tierra que se mostraba ante mi. Que tiempos aquellos en los que el hombre y la naturaleza estaban mas unidos que ahora, en los que todo era mas simple porque la naturaleza era madre y maestra, regia las vidas y ordenaba el trabajo…

Vuelvo a esta tarde fría, miro la labor que esta haciendo el labrador. Miro la tierra, y entre los terrones de tierra un pequeño pájaro esta posado. Salta de terrón en terrón sin asustarse por el ruido del tractor, ni por mi cercana presencia. Agilmente eleva el vuelo y desaparece. En apenas unos segundos vuelve a posarse, pero ya no está solo. Ahora hay otros tres, que ajenos a nuestra presencia saltan por la tierra recién arada. Mientras miro sonriente a estos pajarillos una sombra blanca se mueve lentamente un poco mas lejos. Dirijo mi mirada hacia allí. Una cigüeña vuela bajo y lentamente. Con una agilidad innata el ave toma tierra justo donde acaba de pasar el tractor. Ni siquiera le echa una mirada. Empieza a caminar por la tierra. Sus finas patas se mueven con elegancia y lentitud mientras va picoteando la tierra con su enorme pico. El tractor ha dado la vuelta y se dirige hacia ella. No se inmuta y continua su camino, apartándose lentamente e introduciéndose en la tierra ya arada. Cuando considera oportuno inicia una carrera que la lleva a un despegue lento y majestuoso. Alza el vuelo hacia alguno de los muchos nidos de cigüeñas que albergan los campanarios de las iglesias del pueblo.

Ya termina de alzar la tierra el agricultor, ya termina lo que tenía que hacer en el campo. Es hora de abandonar la simplicidad y la tranquilidad de la naturaleza para volver al complejo y absurdo mundo en el que vivimos. Mientras contemplo como termina la labor pienso en los momentos que he vivido mientras el aire frío me curtía la cara, pienso en la gente que habría estado antes que yo en este mismo sitio y sobre todo pienso en la persona que me gustaría que estuviera a mi lado disfrutando de las mismas sensaciones que yo he disfrutado esta tarde.

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2 pensamientos en “Los surcos de la tierra.

  1. Blanca dice:

    Precioso

  2. Maravilloso. Qué suerte tienes de vivir donde vives…

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